Siempre creí en mis sueños, en cómo es que las cosas “debían” ser, cómo es que después de la “a” sigue la “b”, que “después de la tempestad viene la calma”, y que 1 y 1 son 2.
Un día… aparece aquella singular fachada contorneada con
pinceles en diversos tonos, con sombras peculiares y destellos que me indican
lo contrario. Ella, petulante, asume que las cosas nunca son como deben ser,
que después de la “a” sigue la “e”; que después de la tempestad no siempre
viene la calma, y que 1 y 1, también pueden ser 11.
No me molesto por lo anterior, vendo mis ojos y sigo el
camino que me indica mi núcleo sabiendo que nada más importa, que las
particularidades deben ser ignoradas porque mi sentir es mucho más fuerte.
Pasa el tiempo y la neutralidad aún no se manifiesta, la
montaña rusa no cede, pues se aferra a estar en constante movimiento y mi estómago
está a punto de colapsar; quizás no fui lo suficientemente precavida para evitar
el mareo que causa tal ajetreo.
Por un lado, brilla la luz, pero por el otro, la obscuridad
insiste en terminar con mis sueños, en tomar cada uno de mis latidos y tirarlos
por la borda.
Mis pies, siguen sin estar protegidos lo necesario para poder
continuar con el camino sin sentir en menor grado el dolor que causa el andar descalza,
y cada paso, es un poco más doloroso.
El amor y la fe seguirán siendo mi esperanza, confiando en
que, algún día, todo vuelva a la normalidad.

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