Existe un hombre de cierta edad que
vive felizmente en una casa estilo francés en una linda colonia un tanto
antigua, de singulares avenidas, y repleta de frondosos y coloridos árboles.
Últimamente ha tomado un gusto muy particular por crear, nocturnamente, ya sea de
forma manual o utilizando algunos de los muchos instrumentos de cocina que se
encuentran muy a su disposición, coloridas, radiantes y circulares preparaciones
sólidas, saborizadas y coloreadas con aromas e ingredientes diversos que salen
de una pequeña cajita y a su vez, de un pequeño empaque cuadrado de papel.
Tranquilamente le cuenta a su
compañera cuando tiene intenciones de comenzar con sus preparativos, en
ocasiones, sin decir nada, simplemente se dirige hasta la cocina y se pone
manos a la obra, el sonido de la batidora lo delata, entonces ella se percata
de lo sucedido en la planta baja de aquella casa y piensa: ¿ahora de qué sabor
la irá a preparar? ya que en la alacena se guardan gran cantidad de esas
cajitas, las hay para escoger y darse el gusto de decidir si en una misma
preparación la querrá de uno, dos o más sabores, algunas veces pide opinión,
otras, solo se dedica a crear sin recibir sugerencia alguna.
Un solo molde es el que utiliza para
darle forma a aquel líquido colorido y tan lleno de sabor, mismo que horas
después se transforma de aquel estado acuoso al estado sólido.
Hubo cierto día, que la magia se
transformó en catástrofe, la preparación había fallado, la consistencia de
aquel postre circular fue un completo desastre, la que sería la parte inferior
de un postre bicolor, parecía más bien algún tipo de engrudo, de ese que se utiliza
en la primaria para pegar; ¡ah!, pero de un color tan brillante y resplandeciente
como los rayos del sol; muy pensativo se puso él, preguntándose en qué había
fallado si había seguido los mismos pasos de siempre, ella, al mirar “eso” con
cara de extrañeza le preguntó ¿qué es eso? y él entre risas y un tanto de
seguridad le respondió “es gelatina de mango” no les diré cuál fue la respuesta
de ella posterior a su comentario, solo les diré que ella es un tanto jocosa,
así que ya se imaginarán.
Él insistía en que ella la
probara, sostenía que a pesar de que a la vista no era agradable, al sentido
del gusto le daría un gran festín, ese día ella se negó rotundamente, fue hasta
el día posterior en el que ella accedió a probar aquel intento de gelatina, y
le dijo “de sabor sí está bien”.
Ahora le tocaba el turno a la
parte superior de aquel postre, esa corrió con mejor suerte, porque salió a la
perfección, la consistencia fue perfecta y ya unida a la desfigurada gelatina
de mango, hacían una armoniosa mezcla de gelatina de mango con tamarindo.
Es muy raro que, al abrir el
refrigerador de aquella casa, en aquella cocina, no se pueda encontrar una
gelatina posada en un plato blanco, junto a un pequeño cuchillo, piezas que son
compañeras y fundamentales para que aquel postre pueda ser cortado en trozos
por los distintos integrantes de la familia quienes gustan de saborearla después
de un día cotidiano.

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