A través de mi vida, he sido capaz de mirar con otros ojos lo que antes miraba casi de forma fugaz, sin darle la importancia que se merece, sin darme cuenta verdaderamente, el precio incalculable de algo intangible, pero en sumo grado valioso, algo que en un abrir y cerrar de ojos, se escapa de a momentos, para nunca más volver: el tiempo.
Los segundos, tal vez, para
muchos, son nada, son un puñado de diminutos instantes que, no tienen ningún
significado, ningún propósito, y bueno… ¿qué más da? arrojarlos por el borde de
lo perdido e insignificante, cuando en nuestro diminuto existir tenemos
falsamente la certeza de que, en lo futuro, contaremos con muchos más; quizás
tengas esa maravillosa buena fortuna, quizás no.
El tiempo desenvuelto en momentos…
segundos en los cuales podemos sentir como nuestra, la risa inundada de
felicidad de nuestros hijos, las largas platicas con amigos que nos reintegran
al camino, el maravilloso tiempo bebiendo una taza de café con nuestros padres,
momentos de recordar con nuestros hermanos, viejas historias a través de
fotografías, instantes con nuestra pareja, que están llenos de magia.
Esos segundos de acción o
inacción traducidos en tiempo, y que nos hacen sentir que los hicimos valer, o
que simplemente, los dejamos escapar.
Vivir el tiempo, realmente vivirlo, sentirlo, hacernos conscientes de él, para que, al mirar atrás,
nuestro tiempo pasado se transforme en atesorados y maravillosos recuerdos y no
en afligidas y lamentables añoranzas.
¿Cuánto tiempo más nos queda para
sentir que lo hicimos valer? no sabemos.
Lo que sí sabemos es que este
preciso segundo de tiempo es nuestro, ¿y qué haría yo con él?
Vivirlo despierta.

Comentarios
Publicar un comentario